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Dos días en la vida: Egipto y sus Desiertos

     Existen momentos en los que la naturaleza nos sorprende, nos permite apreciar su inmensidad, su magia… su poder. Uno de esos momentos se me presentó mientras caminaba por la aridez de un inmenso y eterno desierto, cuya extensión infinita me trasladaba a una realidad diferente.



En esta nota, intentaré mostrarles a través de fotografías y breves relatos, las distintas variantes de uno de los desiertos que he tenido la oportunidad de recorrer y disfrutar, el desierto occidental del mágico y ancestral Egipto, al norte de África.

Habitualmente el paisaje que se nos viene a la mente al hacer mención de la palabra desierto, son las infinitas arenas de la Zona del Sahara. Dentro de esta extensa franja que cubre prácticamente todo el norte de Africa (Limitando al oeste con el océano Atlántico y al este con el mar Rojo) se encuentra el desierto Egipcio, a unos 400 km al oeste de su Capital, El Cairo.
La travesía comenzó temprano justamente desde la capital, donde 5 horas de ómnibus me permitieron arribar al más joven de los oasis de la zona, el Oasis de Bahariya. Con respecto al equipo, puedo decirles que conmigo viajaba solamente mi Canon Rebel XTi, un lente digital 18-55 mm y un polarizador, acompañados claro, por varias ¨rollos” (memorias digitales). En cuanto a la vestimenta simplemente ropa liviana (suelta y discreta) para pasar las calurosas horas del dia y un par de abrigos que no fueron suficientes para poder soportar la fria noche del desierto y amanecer con las primeras luces del dia.
Al llegar en micro al poblado de Bawity, me encontré con quienes serían mis guías en esta aventura, Jared y Badry, dos guías beduinos enamorados de su tierra y de la quietud de sus desiertos.
En 4x4 tomamos una ruta bastante accesible que nos acercaría a cada uno de los sitios que estaban planificados visitar, para luego internarnos en las arenas, fieles guardianes de paisajes únicos en el mundo.
Apenas unos kilómetros llevábamos hechos cuando súbitamente, las arenas fueron oscureciéndose poco a poco y el cielo se cerró, hasta toparnos con una basta zona de picos montañosos agudos cubiertos de piedra volcánica y entremezclados con tierra mineral de un ocre intenso. Estábamos entrando al Desierto Negro o, mejor dicho, el Gabal el Szeged , como realmente lo llaman sus habitantes.



 

Este lugar de basalto y hierro permite que la imaginación vuele y veamos ante nuestros pies un mar de lava y fuego cual si estuviéramos dentro una película de fantasía épica.

Ante la promesa de Badry de que pronto encontraríamos lugares tanto más maravillosos que el que acabábamos de ver, acepté despedirme del Desierto Negro, no para siempre, sólo por un tiempo hasta que el destino me permita volver.
El derrotero del día nos llevó a hacer una pequeña detención para el almuerzo, (pan, queso, tomate y pepino) e hidratarnos con el clásico té beduino: pequeño y bien cargado con mucha azúcar. Luego del refrigerio retomamos el camino para adentrarnos en pocos minutos en otro lugar increíble: El Desierto de Cristal, así llamado por poseer importantes depósitos de cuarzo cristalino vírgenes en el medio de grandes dunas de arena.



 

Después de romper el silencio del lugar a gritos gracias a las piruetas de Badry en la 4x4 seguimos camino hacia otro tesoro que nos tenía guardado el desierto. Luego de subir una gran duna se presentó ante nosotros una especie de valle seco, una depresión que seguramente al igual que el resto del desierto, fue en su momento el fondo del océano. Estábamos entrando al Valle de Agabat, a sus finas arenas y a sus enormes estructuras de piedra modeladas por los fuertes vientos.

Después de liberarme de todo calzado y disfrutar de la arena en mis pies llegó nuevamente el llamado de nuestro guía, que prometía que lo mejor estaba por venir….y a decir verdad, nunca pude decir que mintió, porque en la medida en que avanzaba el día las vistas eran cada vez más espectaculares.

Nuevamente en camino, en un lento degradé, las arenas empezaron a desteñirse, pasaron de un rojo intenso a un blanco claro y poco a poco fueron surgiendo extrañas estructuras de piedra caliza cada vez mayores de un color blanco absoluto y de las más diversas formas cada vez mas interesantes. Justo cuando me había colgado la cámara al cuello y estaba dispuesta a arrojarme de la camioneta con tal de poder fotografiar lo que ante mis ojos pasaba, Jared detuvo la marcha y pude comenzar a apreciar una de las mas inesperadas maravillas naturales de este mundo:
Mágico, maravilloso, increíble e inmenso se presentò ante nosotros el Desierto Blanco…. Sahara al-Badya.

Este paradisíaco lugar tuve la oportunidad de retratarlo en el mejor momento del día ya que el atardecer se acercaba y la luz del sol, ahora proveniente de un cielo absolutamente despejado, era de una suavidad ideal.

Otra sorpresa fue el encuentro con uno de los pocos habitantes de la zona…los zorros rojos del desierto que confiados se acercaban a mostrarnos su singular belleza y lograr con su presencia que nuestro guía nos cuente una de las tantas leyendas del lugar: los zorros que se ven en el desierto son solo hembras…

 

No hay palabras ni imágenes que puedan describir la belleza de este lugar. Sòlo estar ahí permite entender la magnificencia que impone.
No hubo màs destinos ese día, a partir de ese momento, todo fue perderme a pie en su inmensidad y apreciar los colores que el atardecer dibujaba en sus formas, prestando mucha atención a las huellas que mis pies dejaban en la arena, ya que ellas eran la única ruta que me permitiría volver a reunirme con mis compañeros de viaje unas horas màs tarde, para descansar de cara a las estrellas, una vez que las brasas del fogón se hubiesen consumido en la fría noche del desierto.
 

Andrea Alejandra Merás - Enero de 2010

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